Sobre exponer e imponerSigo estando de baja. Hoy he ido al fisioterapeuta y, de camino, me he encontrado con algunos de mis alumnos. Como ya habrán deducido, queridos lectores, vivo en el mismo lugar en el que trabajo.
Me han hecho reflexionar sobre el concepto de autoridad. Les he preguntado que qué tal con la sustituta. Y otra vez la misma respuesta: “Profe, yo quiero que vengas ya, porque con ésta no hacemos ná”. Los profesores solemos pensar que los alumnos no quieren trabajar. Y es cierto: no quieren trabajar si eso supone una entrega, una dedicación, una constancia superior a la que ellos (bajo quién sabe qué barómetro del esfuerzo) no quieren dedicar parte de sus energías. Pero sí que quieren aprender. Sin esfuerzo, o con el mínimo esfuerzo, pero a todos, incluso a los más conductuales, les gusta aprender. Los alumnos que me han dicho esto no son precisamente los más aplicados. Y de nuevo: “Profe, tú explicas y hacemos algo”. Y yo: “Pero es que tenéis que dejar que la profe dé clase. Me ha dicho que tú, X, y tu amiga, Z, no os estáis portando bien.” Y ella: “Claro, profe, pero si no se impone, pues nosotros nos aburrimos...”
No es la primera vez que un alumno se queja porque un profesor no enseña. Si les haces reflexionar sobre los porqués de la imposibilidad de enseñar, el alumno normalmente reconoce que su comportamiento no favorece la transmisión de conocimientos. Acto seguido, sugiere que el profesor tiene que imponerse. Ahora ya no vale respetar al profesor porque alguien dice que es una persona mayor, más sabia, que regala su conocimiento y que, por lo tanto, ha de ser respetado. Ahora el profesor se tiene que imponer. No basta con exponer los propios conocimientos, con transmitirlos: hay que imponerse para poder exponer. Recuerdo a un alumno, de los más divertidos y nada estudiosos por no decir, además, que era un distorsionador inocente (si se me permite la expresión) que hace unos años, me dijo: “Es que no aprendemos. Además, la profe no sabe imponerse.”
Muchas veces me he preguntado sobre si mi estrategia de entrar en primero, segundo y tercero de ESO como si fuera pisando uva y hablando con tono militar y frases cortas, escuetas, no es exagerada.
Muchos padres no saben decir que no. Tienen miedo de que se les tilde de déspotas, y en este país en el que la democracia es tan joven, ser un déspota es uno de los defectos peor vistos. Por eso, ante la duda, otorgamos y aceptamos. El profesor o la profesora se ve en la obligación de negar continuamente si no quiere que el aula se convierta en un gallinero en vez de ser un lugar de intercambio del conocimiento. Por eso opté por mi técnica de profesora dura, que sabe reír después de pasado un mes y medio con los alumnos, pero nunca antes. Me pregunto si me equivoco: tan fácil es caer en el exceso de autoridad como en el defecto. A veces me pregunto si caigo en el exceso, si tendría que mostrarme más dialogante.
Y sin embargo, tengo la sospecha de que para nuestros alumnos, por lo menos para muchos de ellos, dialogar significa dejar las puertas abiertas y que, todos, sin excepción, salgan por ellas y hagan lo que más les venga en gana. No significa dejar las puertas abiertas y, después de la reflexión, salir o no. Significa, automáticamente, salir y, si es posible, hacer sentir al profesorado que esa opción era la justa, la única, la lógica: es la del desplante.
En ocasiones me pregunto si soy demasiado dura con mis alumnos ¿Lo he dicho ya? Es que... me lo pregunto frecuentemente. Dudo sobre si les estoy negando la libertad de escoger. En ocasiones, como hoy, creo que es necesario que no les dé la libertad de escoger, que, sea justo o no, decida yo por ellos.
¡Qué difícil es siempre el término medio, qué difícil! Y, sin embargo, aquí estamos, esperando (con el corazón y con el reloj) que, tarde o temprano, pueda dejar la puerta abierta y eso no signifique que, necesariamente, se haya de salir por ella sin haber reflexionado antes.


